Wednesday, October 04, 2006

Soneto caído

Tal que un céfiro turbio y que vil surca
la tarde fugaz tras sueños en fuga,
los desdeños brotados de tu ida arca
se apoderan de mí, son una daga

oscilante, con una dura carga,
y cual memoria hecha una filmoteca,
herido por quasares, y hecho llaga
en el pecho, tal golfa enana blanca,

intento descubrirme por perderte
--aunque me cuesten días de placebos
en casa y noches albas en dejarte

ser sólo una galaxia azul de atisbos--
luchando resignado y olvidarte,
pues te digo bye, en un alud de arribos.

Sunday, August 13, 2006

Adiós lácteo

Es el momento de decirnos adiós.
Hasta aquí hemos llegado.
Ya no puedo soportarte más.
Ni tú tampoco a mí.
Lo siento.
Te lo dice mi piel, mis ronchas,
mis ideas cojas y mis granos.

Y no.

No es porque no te ame.
Te equivocas.
Nadie te querrá como yo.
Ni te pedirá de rodillas
gustar el sabor de tus labios.

Adiós mañanas de manjar blanco
en pan lozano,
tardes de Papas a la huancaína u
Ocopa arequipeña
en tallarines rojos y verdes
y noches de Locro de la abuela
con queso fresco recién moldeado.

Hasta siempre fiel helado
que me viste crecer pobre y feliz
en los arenales de mi niñez
cubierto de polvo y aserrín
retozando ufano,
jugando a ser
un arlequín, un copo de luz
en medio de la destrucción
que sembraban mis hermanos.

Chao leche, leche, lechera,
que de gamín me hiciste hacer
tantas colas en vano,
arroz zambito hecho
con nata maternal,
y todas esas galletas y tortas,
todas,
que me persiguen ecuestres
incluso entre la hierba de lo urbano.

Por último, me quería despedir,
de ti chocolate, gran Dios azucarado,
tú que me perseguías
incluso en sueños
cuando no tenía ni un centavo,
te llevaré siempre en la memoria
como un tatuaje de alheña
o el sabor a madre que ahora aparto.

Adiós a todos ustedes,
adiós,
y gracias por sus pasados encantos.
No me olvidéis que no os olvidaré
se los digo sinceramente
con gotas en los labios.

Réquiem para la muerte de mi espejo

La subjetividad es madre de todos los vicios.

A mis abuelos Basilio y Segundo
In memoriam


Mi espejo murió hoy.
Le puse su traje preferido,
lo maquillé y con un pañuelo lila
le até la frente a la boca.

Mi espejo hoy murió.

Encendí la tarde para velarlo
y corté mis cabellos para hacer una corona
que puse ante su féretro.

Hoy murió mi espejo.
La necropsia reveló una sobredosis de no sé que droga,
creo que es una llamada poiesis,
muy adictiva y alucinógena,
por lo que me susurró un amauta.

Murió hoy mi espejo
y mañana es el entierro.

No será en El Ángel,
ni en los Campos Santos,
tampoco en el de Lurín.

Lo enterraremos en el Nueva Esperanza
porque mi espejo es pobre como yo.

Iremos todos.
La señora Soledad, doña Epifanía,
los vecinos, la familia del loco Julio, q.e.p.d.

Irás tu también si quieres,
Y el señor “.” que viste luto pesado
y no para de llover.

Partiremos en el camión del señor pollero
porque es grande y lleno de plumas.

Tomaremos calientito en tetera
y bailaremos llorando en su memoria
hasta que la noche se trague el último pelo de sol
o el panteonero nos bote a palazos.

Mi espejo murió hoy
y ya no tengo más maestros.

In nomine pater,
et filis,
et spiritus sancti,
Amen.

Réquiem para C.A.P.

A Calanguita,
el poeta más conocido
en toda su casa.


Carlos Antonio Pajuelo ha muerto
y las causas aún se desconocen.
Los rumores indican que fueron
sus decenas de archí-enemigos
a quienes había jurado sempiterna batalla
o sus tantas alergias y enfermedades
que le pusieron zancadillas
tantas veces, tantas, desde la infancia.

Unos culparon a los rapaces de la codicia,
los chacales de la indiferencia, la hipocresía
y del poder que lo emboscaron una noche
de esas en que cazaba estrellas
para ponerlas en un poema
y lo apuñalaron una y otra vez,
una y otra vez,
hasta el cansancio.

Otros imputaron su muerte a su inseguridad de pez
que lo llevó por bosques extraños
y lo extraviaron en una intrincada enmarañada
donde famélico y cansado
aprovecháronse las Keres
en un glorioso festín
donde no quedaron ni sus huesos
todo él fue devorado.

Ciertos la atribuyeron a la Internet
y a sus piratas cibernéticos, a los satélites espias,
y las compañías de crédito
quienes le robaron la identidad
y lo clonaron mil veces mil millones de veces
hasta que sus pequeños espejos,
tal que sanguijuelas,
se lo sorbieron todo vivo.


Sus pocos lectores culparon a la poesía,
su droga favorita, la cual se había poseído de él,
hasta tal punto que se hacía llamar aprendiz de vate.
Ebrios de ira, la secuestraron y la vendaron,
la torturaron y la violaron,
la desangraron y la cortaron en pedacitos.
Finalmente la enterraron en una fosa común
con sus hermanos de quien no quedó recuerdo.

Varios acusaron su veganismo impuro,
orate e irracional -según ellos-
y su falta de tolerancia
frente al nuevo desorden mundial.
Sus familiares se inculparon entre sí
por dejarlo libre y salvaje como una gaviota
en el mundo cruel, bárbaro e impuro
del autodidactismo.

Amigas y amigos, amantes y calentados,
le dedicaron breves discursos en sus funerales,
alguno que otro versito aprendido en la juventud,
y muchas flores, especialmente blancas y olorosas.
Sus paisanos y vecinos de barrio lo velaron
bien velado, al estilo chorrillano,
con varias botellas de anisado de mono,
aguadito al amanecer y alguna que otra
lagrimita y llanto para no perder el momentum.

Pero nadie sabe donde enterrarlo,
¿o sería mejor cremarlo?
Nadie sabe nada porque no escribió un testamento,
ni indicación alguna.
Sólo dejó deudas, enemistades, desilusiones,
corazones en paro y algunos poemitas
que la crítica y la academia han desechado.
Carlos Antonio ha muerto
y se va a algún lugar
del cual ya tiene también el recuerdo.
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