Sunday, August 13, 2006

Réquiem para C.A.P.

A Calanguita,
el poeta más conocido
en toda su casa.


Carlos Antonio Pajuelo ha muerto
y las causas aún se desconocen.
Los rumores indican que fueron
sus decenas de archí-enemigos
a quienes había jurado sempiterna batalla
o sus tantas alergias y enfermedades
que le pusieron zancadillas
tantas veces, tantas, desde la infancia.

Unos culparon a los rapaces de la codicia,
los chacales de la indiferencia, la hipocresía
y del poder que lo emboscaron una noche
de esas en que cazaba estrellas
para ponerlas en un poema
y lo apuñalaron una y otra vez,
una y otra vez,
hasta el cansancio.

Otros imputaron su muerte a su inseguridad de pez
que lo llevó por bosques extraños
y lo extraviaron en una intrincada enmarañada
donde famélico y cansado
aprovecháronse las Keres
en un glorioso festín
donde no quedaron ni sus huesos
todo él fue devorado.

Ciertos la atribuyeron a la Internet
y a sus piratas cibernéticos, a los satélites espias,
y las compañías de crédito
quienes le robaron la identidad
y lo clonaron mil veces mil millones de veces
hasta que sus pequeños espejos,
tal que sanguijuelas,
se lo sorbieron todo vivo.


Sus pocos lectores culparon a la poesía,
su droga favorita, la cual se había poseído de él,
hasta tal punto que se hacía llamar aprendiz de vate.
Ebrios de ira, la secuestraron y la vendaron,
la torturaron y la violaron,
la desangraron y la cortaron en pedacitos.
Finalmente la enterraron en una fosa común
con sus hermanos de quien no quedó recuerdo.

Varios acusaron su veganismo impuro,
orate e irracional -según ellos-
y su falta de tolerancia
frente al nuevo desorden mundial.
Sus familiares se inculparon entre sí
por dejarlo libre y salvaje como una gaviota
en el mundo cruel, bárbaro e impuro
del autodidactismo.

Amigas y amigos, amantes y calentados,
le dedicaron breves discursos en sus funerales,
alguno que otro versito aprendido en la juventud,
y muchas flores, especialmente blancas y olorosas.
Sus paisanos y vecinos de barrio lo velaron
bien velado, al estilo chorrillano,
con varias botellas de anisado de mono,
aguadito al amanecer y alguna que otra
lagrimita y llanto para no perder el momentum.

Pero nadie sabe donde enterrarlo,
¿o sería mejor cremarlo?
Nadie sabe nada porque no escribió un testamento,
ni indicación alguna.
Sólo dejó deudas, enemistades, desilusiones,
corazones en paro y algunos poemitas
que la crítica y la academia han desechado.
Carlos Antonio ha muerto
y se va a algún lugar
del cual ya tiene también el recuerdo.

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