Adiós lácteo
Es el momento de decirnos adiós.
Hasta aquí hemos llegado.
Ya no puedo soportarte más.
Ni tú tampoco a mí.
Lo siento.
Te lo dice mi piel, mis ronchas,
mis ideas cojas y mis granos.
Y no.
No es porque no te ame.
Te equivocas.
Nadie te querrá como yo.
Ni te pedirá de rodillas
gustar el sabor de tus labios.
Adiós mañanas de manjar blanco
en pan lozano,
tardes de Papas a la huancaína u
Ocopa arequipeña
en tallarines rojos y verdes
y noches de Locro de la abuela
con queso fresco recién moldeado.
Hasta siempre fiel helado
que me viste crecer pobre y feliz
en los arenales de mi niñez
cubierto de polvo y aserrín
retozando ufano,
jugando a ser
un arlequín, un copo de luz
en medio de la destrucción
que sembraban mis hermanos.
Chao leche, leche, lechera,
que de gamín me hiciste hacer
tantas colas en vano,
arroz zambito hecho
con nata maternal,
y todas esas galletas y tortas,
todas,
que me persiguen ecuestres
incluso entre la hierba de lo urbano.
Por último, me quería despedir,
de ti chocolate, gran Dios azucarado,
tú que me perseguías
incluso en sueños
cuando no tenía ni un centavo,
te llevaré siempre en la memoria
como un tatuaje de alheña
o el sabor a madre que ahora aparto.
Adiós a todos ustedes,
adiós,
y gracias por sus pasados encantos.
No me olvidéis que no os olvidaré
se los digo sinceramente
con gotas en los labios.
Hasta aquí hemos llegado.
Ya no puedo soportarte más.
Ni tú tampoco a mí.
Lo siento.
Te lo dice mi piel, mis ronchas,
mis ideas cojas y mis granos.
Y no.
No es porque no te ame.
Te equivocas.
Nadie te querrá como yo.
Ni te pedirá de rodillas
gustar el sabor de tus labios.
Adiós mañanas de manjar blanco
en pan lozano,
tardes de Papas a la huancaína u
Ocopa arequipeña
en tallarines rojos y verdes
y noches de Locro de la abuela
con queso fresco recién moldeado.
Hasta siempre fiel helado
que me viste crecer pobre y feliz
en los arenales de mi niñez
cubierto de polvo y aserrín
retozando ufano,
jugando a ser
un arlequín, un copo de luz
en medio de la destrucción
que sembraban mis hermanos.
Chao leche, leche, lechera,
que de gamín me hiciste hacer
tantas colas en vano,
arroz zambito hecho
con nata maternal,
y todas esas galletas y tortas,
todas,
que me persiguen ecuestres
incluso entre la hierba de lo urbano.
Por último, me quería despedir,
de ti chocolate, gran Dios azucarado,
tú que me perseguías
incluso en sueños
cuando no tenía ni un centavo,
te llevaré siempre en la memoria
como un tatuaje de alheña
o el sabor a madre que ahora aparto.
Adiós a todos ustedes,
adiós,
y gracias por sus pasados encantos.
No me olvidéis que no os olvidaré
se los digo sinceramente
con gotas en los labios.

